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Un relato: Estampas devotas de la India


Por el camino de la ortodoxia

Es mediodía camino de Mandawa, en el norte del estado del Rajastán. No hace calor porque es febrero, y las primeras mañanas del invierno en el vestíbulo del desierto del Thar, ese pozo de olvido, no arrojan más que los cantos de los pájaros y unos míseros doce grados envueltos en polvo, niebla y arena. Desde el coche no se alcanza a ver más que la cinta de asfalto, algunas vacas somnolientas y camiones feroces cargados con las mercancías más insólitas. Si se fuerza la vista, se puede distinguir a sus conductores, los camioneros con la mirada más vacía del hemisferio.

Aparece una silla de ruedas con pedales en el manillar y toda pintada de blanco. Hay una mujer enorme sentada que se va perfilando sobre el horizonte. Antes de llegar hasta nuestro vehículo desciende sin apenas aspavientos, se levanta sus muchos refajos y orina lentamente contra los calaminos de la cuneta. Al cabo de unos minutos, los vehículos se multiplican tirados, empujados o seguidos por pequeños grupos de individuos, siempre vestidos de blanco. Ahora se puede observar que llevan una tira de gasa gris cubriéndoles la boca. Alguno barre con devoción el suelo con una escoba corta que le obliga a agacharse.

–Son jainistas. No quieren comer sin darse cuenta algún mosquito y quebrantar su estricto voto vegetariano. Barren para tampoco pisar hormigas o animales rastreros –chapurrea en un inglés de piedra nuestro chófer hindú–. Si entrara una cobra en su casa no podrían matarla.

–¿Se irían de casa? –pregunto.

–No, contratarían a un dalit, un intocable para que hiciera ese trabajo impuro.

El templo jainista de Jaisalmer abre a las diez en punto de la mañana. Algunos turistas entramos descalzos. La luz se filtra a través de las bellísimas columnas. El sacerdote con la gasa en los labios se brinda a explicarnos la iconografía. Tiende una vela y con la mano invita a visitar las estatuas de ojos vidriosos de los profetas. Luego pide una contribución y protesta a través de la gasa ante la cicatería de la limosna.


Un músico callejero

Antes de que rompa la mañana hay un hindú tocando un viejo instrumento rajastaní en la puerta del palacio de Lalgarth de Bikaner. Aún no ha abierto el museo con el que compartimos pasillo y no ha llegado el viejo guardia de seguridad armado de un largo bastón de bambú con alma de acero, que nos saluda con gestos antes de bajar a desayunar. Pregunto el nombre del instrumento y el camarero me dice que se trata de un bhapang, un instrumento de cuerda que suele utilizarse para tocar baladas épico religiosas y sobre todo, devocionales.

El músico acude todas las mañanas al hotel para despedir a los viajeros y desearles con sus melodías buenos augurios.

Salgo al jardín, contemplo el vagón de tren que utilizaba el sultán en sus viajes, ahora varado en el césped, y el músico hace más rápida la rapsodia, que suena rasgando la mañana. Le saludamos con una breve reverencia, le doy algunas monedas y nos desea muchos hijos y mucha suerte en nuestros viajes.


De ratones y hombres

El sol de invierno templa el mármol de Karni Mata, en Deshnok. Hay que quitarse los zapatos y entrar descalzos al  templo de puertas de plata teniendo cuidado de no pisar ninguna de las miles de ratas que viven indolentes entre la sincera adoración de los fieles. Varias decenas beben ordenadamente de un gran cuenco de leche. Un animalito, un kaba, corretea sin asomo de pena o vergüenza sobre mis pies desnudos. El sacerdote me indica que no haga más fotos ni me acerque a la abertura de la que salen más ratas a masticar pensativas las bolas de comida que mansamente se les ofrece. La tradición habla de un dios, encarnación de Durga, que pidió a Yama, dios de la muerte, que devolviera la vida al hijo de un cuentista. Al negarse, Karni Mata reencarnó a todos los cuentistas muertos en ratas, privando a Yama de almas humanas.

A la salida unos niños bromean con las mujeres extranjeras que no se han atrevido a entrar. Les hacen gestos de que las kabas, las pequeñas ratas peludas y grises, les están trepando por las perneras de los pantalones y las mujeres ríen un poco espantadas mientras se palpan. Las jóvenes indias de los alrededores reprenden con dulzura a los muchachos.


La romana de la ciudad sagrada

Varanasi GhatSeis de la tarde en los ghat de Vanarasi. Multitud de peregrinos desfilan hacia el Ganges, en vísperas de un festival especial en honor de Shiva, el destructor, el reproductor, cuyo linga, su enorme falo, aparece en forma de piedra negra en muchos de sus templos. Los peregrinos llegados desde todo el subcontinente indio a una de las tres ciudades sagradas de la humanidad creyente –las otras son Jerusalen y La Meca–, reciben la bendición de un sadhu, un hombre santo completamente desnudo ungido, como el dios, en ceniza. Unos europeos se visten con calma tras bañarse en el río junto a un colector que vierte sin disimulo sus aguas negras al Ganges,  que nace de la cabellera de Shiva.

Por las callejuelas que desembocan en el ghat destinado a las cremaciones bajan pequeñas comitivas en silencio. Llevan en angarillas los cuerpos amortajados que huelen desmayadamente a cadáver. Al llegar a la escalinata se detiene ante una romana pintada del mismo azul de la cara de Shiva. Se pesa y se paga la leña, unas 4000 rupias, que garantiza el fin de la rueda de la reencarnación. Algunos perros luchan entre ellos por los huesos que se desprenden de las piras exangües.

Antes de que caiga la noche los brahmanes empezarán la ceremonia vespertina en honor del dios de la ciudad sagrada a golpe de himno, campana e incienso. Los mosquitos revolotean aburridos y las aguas bajan mansas hacia la Bengala Oriental.


Un epitafio de piedra

Periyar es el título que se le da a una persona de respeto en el sur de la India, sobre todo dentro de la comunidad tamil. Pero por antonomasia designa a E. V. Ramaswami, el hijo de un comerciante que luchó con todas sus fuerzas contra el sistema de castas de la India, contra las bodas concertadas, contra los brahmanes y, ateo encallecido, contra todas las religiones, la hindú en particular.

Siempre vestía de negro y reivindicaba la lengua dravidiana o tamil, a la que hizo notables contribuciones. Consiguió crear un poderoso partido político, el Dravidar Kazagan o Movimiento Dravididano de la Dignidad Personal, con el que se opuso al expansionismo pan indio del Partido del Congreso.

Cuando murió hizo que se escribiera en la lápida que preside su tumba:

Dios no existe, Dios no existe, Dios no existe.

Tres veces.

alfonso ormaetxea. Febrero 2007
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